Una mañana de noviembre


Hola a todos nuevamente, en el colegio trabajamos con un relato de no ficción, y teníamos que escribir sobre algún suceso, yo elegí el relato de un hombre que vivió fuertemente las explosiones de Río Tercero.
Se los adjunto por acá, espero que les guste
Río Tercero 03/11/95




Una mañana de noviembre
Era una mañana de noviembre de 1995, hacía mucho calor desde temprano, cuando Ruben empezó su día como cualquier otro. Una mañana tranquila con buena pinta, junto con Gerardo Baudino desde temprano ambos fueron a comprar unas verduras al mercado  para el local de Gerardo. La verdulería de Gerardo estaba en Barrio Las Violetas.
Terminaron de acomodar las cosas en el negocio, tras unos mates entre ellos cerca de las ocho de la mañana llegaron dos amigos más, Julio Quenta y Cata Oviedo. Siguieron tomando mates hasta que alrededor de las nueve de esa mañana sucedió.
De repente, un estruendo, un solo ruido pasó. Un temblor seguido de un ruido ensordecedor de una explosión y de vidrios rotos. Tan grande fue el estruendo que tiró al piso a Ruben y los otros. Con la desesperación todos salieron afuera para entender qué pasaba. Lo primero que vieron fue un portón, que estaba frente al local de Gerardo, estaba todo destruido. Ninguno de los que estaba ahí entendía qué estaba pasando. Pensaron que había sido alguna garrafa que había explotado de esa casa o algún auto de por ahí cerca, hasta que observaron el cielo. Vieron el hongo de una explosión, como de una bomba atómica, el hondo era negro y con fuego, como si fuese el mismo infierno junto a una lluvia de cenizas que cubrió todo. Nadie logró entender qué había pasado hasta que se percataron de la dirección de la explosión, era alguna de las fábricas. Al rato llegaron a la conclusión que eran los polvorines de la Fábrica Militar.
Después de todo esto, un momento más tarde Julio y Ruben se fueron a buscar a una amiga personal, Virginia Ochipinti,  preocupados por toda la situación que estaba pasando.  Esta chica era la esposa de Validaki, un amigo más del grupo, lo apodaba “Griego”.  La casa de ellos se encontraba a dos cuadras del alambrado de la fábrica, sobre el barrio Las Violetas y a unas cuadras del local  Gerardo.
Ruben junto con Julio sabían que Griego estaba de viaje, por eso estaban preocupados por Virginia y sus dos hijos, que en ese momento eran tan solo dos niños.
En el camino hacia la casa de Virginia, se encontraron con una estela de destrucción, como si fuera un campo de guerra. Vidrios rotos, autos destruidos, casas devastadas por la explosión y la lluvia de escombros que salía de la fábrica que estaba a unos pocos metros de donde ellos se encontraban.
Cuando llegaron a la casa de Virginia estaba junto a sus dos hijos, Nicolás y Alexia. Una inmensa alegría cayó sobre ellos al ver que todos estaban bien a pesar de lo que había pasado.
Por un momento todo estuvo tranquilo, pensaron que había pasado todo y solo había sido un susto, decidieron quedarse ahí por un rato hablando sobre eso. Hasta que unos poco minutos después de eso pasó todo de nuevo, incluso peor. Una segunda explosión estremeció el momento alterando la calma que se había generado y después otra y otra y otra, así sucesivamente.
La calma había cesado en ellos y la necesidad de moverse de ahí, de salir y alejarse de esos estruendos. Los alrededores de la fábrica se habían convertido en una zona de guerra.
De repente, en la casa de Virginia, en una de las habitaciones que ellos estaban, entró una granada pegando justo sobre la espada de Ruben, sobre la parte izquierda de su espalda. Ruben quedó tirado en el piso, impresionantemente la granada no lo perforó ni lo daño por fuera. Al dolor que él sintió lo describe  como una quemadura.
Ruben en un intento de calmar la situación les dijo a los chicos que se fuesen a la casa de al lado, que él enseguida iría, aseguró que se iba a levantar para ir con ellos. Pero en su intento de poder recomponerse, no logró encontrar las fuerzas para hacerlo.
Como pudo Ruben arrastrándose por el piso logró llegar a la casa vecina a duras penas. Conforme pasó el tiempo las explosiones fueron pasando y fueron viendo el trabajo de defensa civil.
Marisa, una inspectora de tránsito que justo había llegado a la casa donde estaba Ruben y los otros, llegó en una chata donde lo cargaron en la parte de atrás sobre un colchón a Ruben para llevarlo hasta la clínica.
Pasaron por varias clínicas pero en ninguna de las que pasaba había lugar, hasta que llegaron a la clínica 25 de Mayo donde pudieron asistirlo.
Lo bajaron de la parte de atrás de la camioneta con un gran cuidado. Ruben no se podía mover, tenía un gran dolor en todo el cuerpo y no tenía fuerzas para poder moverse solo.
Al ingresar a la clínica empezaron con un cuestionario, le preguntaron su nombre, el apellido entre otras cosas. Rubén describió que tenía mucho sueño, que estaba cansado. Los médicos que estaban junto a él hacían lo posible para evitar que se durmiera, lo trataban de despertar como podían, con algunas cachetadas para lograrlo, le decían que se mantuviera consciente.
Tras el accidente Ruben había perdido mucha sangre, los médicos y enfermeros trabajaban para lograr encontrar sus venas y así transfundirlo. Le hicieron una radiografía, esta diagnosticó algunas vértebras y costillas rotas. Además le realizaron una ecografía, y en un momento de casi perder la consciencia Ruben escuchó “líquido suprarrenal suelto y líquido… suelto”, lo que en realidad era un gran derrame interno en su cuerpo El golpe que tuvo con la granada había destrozado el cuerpo de él por dentro.
En un último esfuerzo escucha al médico que lo estaba atendiendo decir de fondo “preparen rápidamente cirugía”. Anestesiaron a Ruben. Antes de dormirse vio los últimos destellos de las luces del hospital junto a toda la conmoción que estaba pasando en ese momento.
Pasaron los días de las explosiones, y Ruben había salido con éxito del quirófano. Ocho días más tarde seguía internado en la clínica. Los doctores lo visitaban diariamente. Sin embargo Ruben no estaba totalmente consciente de su condición y no podía entender qué estaba pasando.
Pasaron más días de su operación y los doctores lo pudieron sacar de terapia para bajarlo a una sala común. 10 días más habían pasado de la recuperación de Ruben, hasta que el 21 de noviembre de 1995 logró salir caminando despacito de la clínica ya recuperado. Había visto la luz del sol luego de tantos días encerrado en esa habitación recuperándose.
Mientras tanto defensa civil hacía explotar de una manera controlada aquellas bombas que habían quedado desparramadas por toda la cuidad.
Parecía que todo había pasado, pero tan solo tres días después de que Ruben llegase a  su casa, más precisamente el 24 de noviembre, una de esas explosiones programadas, se salió de control. Y una vez más la gente corría aterrada por que las explosiones no cesaban.
Asique ante esto Ruben junto con otros escaparon al campo, lejos de las explosiones. El campo era de una gente vecina de Ruben, donde se quedaron hasta la noche. Esa misma noche volvieron para la cuidad, ya habían avisado que todo estaba bajo control.
Pero la tranquilidad no volvió tan rápido esa misma noche llegó una tormenta a la cuidad, una tormenta de truenos, los truenos sonaban tan fuerte que parecía que todavía explotaban bombas alrededor.  Pero esta tormenta no fue del todo negativa, la lluvia que cayó esa noche apagó la sed de fuego que todavía seguía en la cuidad.
Finalmente todo calmó.
En su relato Ruben contó lo que vivió aquel día, un día que permanecerá para siempre en la memoria de este hombre y de todos los riotercerenses quienes tuvieron que sobrevivir en una zona de guerra producto de la corrupción de un gobierno que fue cómplice de lo que ocurrió en nuestra ciudad.

Autor: Neiber Pobor

Comentarios

Entradas populares